domingo, 23 de octubre de 2016

CARTA



PARA UNA JUVENTUD COMBATIVA (en torno a la conversación con un camarada del PCPE)

Voy a ponerme “teórico” si no te importa sobre algunas cosas que hablamos. No te he dicho que es un placer hablar contigo. Además de especialmente edificante.

Sobre la idea de que la juventud está tremendamente alienada y es consumista. O, dicho de otra forma y cambiando un poco el contenido “que está alienada por el consumismo”. Quiero expresar algunas ideas pese a que ya soy lo suficientemente “viejo” o mayor para militar en los CJC.

¿Alienada de lo que le es propio?, ¿qué sería lo propio de la juventud si efectivamente no estuviera alienada de su condición: de lo que le haría tomar las riendas de sus vidas o por lo menos conscientes de sus potencialidades y una libertad a conquistar?

No creo que la “inocencia” sea una característica que la defina para siempre si esta inocencia es equiparable a una ignorancia retrograda. La inocencia puede ser una palabra que nos sirva si va aparejada al juego, a lo lúdico, a la fantasía… es cierto, es una palabra confusa: un revolucionario no puede ser inocente (porque debe ser realista) y un asesino desde luego NO lo es (es culpable, queremos decir).

Se dice que la juventud es rebelde por definición. Y sí, quizás debamos huir de los calificativos de “con” causa o “sin” causa; que algunos emplean para delimitar una actitud revolucionaria, organizada; de un comportamiento un tanto caótico y sin un objetivo claro. Y podemos huir de estas categorías no sólo por las burlas que se dan si uno se define como un rebelde “PERO” con causa. Realmente es muy sencillo decir que “mi causa es el socialismo-comunismo”; ocurre eso: que es demasiado sencillo Y, en ocasiones, se olvida que debería ser otra la actitud y con ella la formulación, en un sentido colectivo, de clase, como pueblo oprimido, etc. Lo “otro” que puede estar muy bien para salir al paso, recuerda tanto a James Dean que no ayuda mucho. Y, de hecho, ni siquiera uno –por la película- va a saber lo importante de la cuestión; es decir, las diferentes fases que atraviesa la rebeldía como individuo o colectivo, sea generacional o continuista… pero desde luego que se focaliza hacia lo impuesto por una autoridad o la autoridad misma. Ojo, aquí no se defiende la rebeldía contra toda autoridad, sino la creación de verdadera(s) autoridad(es) que se puedan cuestionar y rechazar cuando no cumplan su objetivo o su función.

Por lo tanto, aquí se puede abordar el tema por varios caminos, compatibles según la situación concreta que se viva: por un lado el grado de conciencia sobre los derechos y deberes básicos, en este caso de la juventud; la sumisión o rebeldía y dónde se supera una y/o cede la otra; y de cómo todas las autoridades, ¡claro!: las que serán inservibles en el socialismo-comunismo se sujetan y enredan unas a otras con mayor o menor conciencia de quienes las defienden  en el dominio de los movimientos obrero y popular, tanto como en la educación-aculturación. De esto se puede extraer no que la familia en sí misma sea inservible, sino más bien la familia patriarcal; no el estado en sí, sino el estado burgués. También que ciertas estructuras de dominación deben romperse… evidentemente la Iglesia no puede recibir ese trato de favor y la patronal directamente no existiría.

La rebeldía de un futuro revolucionario puede atravesar distintas fases. Y no confiemos demasiado en que “se crece con dolor”: si uno sabe buscar las respuestas por su cuenta, con sus amigos y camaradas, ¡con sus padres también!, la conciencia se presentará con menos dolores y quebraderos de cabezas.

Cuando un niño se rebela contra los deberes que le mandan del colegio, evidentemente no piensa en organizar la revolución, pero ¡por dentro! YA está en guerra con la institución educativa, puede que también con unos padres que vean con buenos ojos la “práctica de los deberes”. Esto no concluye aquí: sigue con los exámenes evaluativos, todo ese “microcosmos” del instituto: degradante y aburrido, y la Selección –que no Selectividad- que se acomete entre estudiantes de extracción popular y estudiantes de padres adinerados, con el objetivo de borrar a la clase trabajadora de las Universidades. Llegados a este punto, y aun no definiéndose con claridad como comunista (¿cuáles son los mínimos para ser comunista?... verdaderamente es más difícil de lo que parece y aquí no se puede abordar), uno puede considerarse revolucionario en el plano pedagógico si defiende con esa rebeldía una propuesta de educación pública, gratuita, científica y participativa… ¡claro que la revolución no se parcela! Pero las luchas son sectoriales y existen muchos frentes abiertos a la lucha. Nosotros debemos prevenirnos y curar –y ojalá que este “nosotros” se vaya generalizando lo más posible- de que nos dividan más de lo que estamos; y debo aclarar que “divididos” no implica, ni mucho menos, estar enfrentados.

Y, llegados a este punto, ¿la juventud está alienada de una buena educación? Sí: no puede tomar sus propias decisiones, consciente y libremente; no puede impedir –todavía- que la sigan mintiendo desde las instituciones educativas o la TV y otros medios de propaganda burgueses; no puede ser protagonista y actuar con la frescura de ideas que le debe ser propia. Tampoco la institución familiar: padres y hermanos, les asegura una aculturación “crítica”, podemos decir, sino de supervivencia de costumbres e, incluso hábitos dañinos desde el punto de vista bio-psíquico, también (que aquí no se puede tratar en profundidad), como social: véanse las actitudes autoritarias, los rencores y rencillas, falta de comprensión y otros factores que contribuyen al empobrecimiento, cuando no el enrarecimiento de las relaciones domésticas, que se reflejan en “lo social”, de distinto modo: copiando o extrapolando la situación familiar a la escolar o al grupo de amigos. En definitiva: se favorece el mecanicismo tanto en lo cognitivo como en lo conductual. Dicho de otra forma: no hay creatividad ni ganas de superar lo que degrada o emponzoña.

Cuando mencionas que la juventud es consumista yo entiendo que no es precisamente un consumo responsable. El consumismo no es una persona sino una estrategia del sistema para tener apartada a la juventud y a parte de los que no lo son, de la crítica necesaria para reaccionar, ponerse en pie, y combatir. De ahí lo de “refugio”, como contra-utopía: no un refugio para descansar de la batalla, sino más bien para un esconderse, que al final no compensa.

Me acuerdo de la frase de Wilhelm Reich: “el amor, el trabajo y el conocimiento son las fuentes de la vida; deberían ser también las que la gobiernen”. Pienso que da en el clavo, si además pensamos que era, además de un gran psicoanalista y un gran organizador de la juventud antifascista… creo que la juventud termina y empieza cuando uno interioriza –cada uno a su manera- el lema de Wilhelm Reich. Se pueden hacer síntesis a partir de él muy productivas. Y desde luego el amor no se consume, el trabajo tampoco, e, igualmente, el conocimiento. Habría que buscar palabras de menor calado, para desacreditar dicho lema. El caso es que uno se siente tremendamente joven con estos valores, porque son totalmente necesarios a cualquier momento, en cualquier circunstancia. Ser conscientes de ello, haciéndolo profundamente leninista nos dará más herramientas para que, en fin, esas fuentes no se sequen y podamos gobernarnos y no ir a la deriva…

¿Es el consumismo lo más preocupante en la juventud? Es un factor que nos aliena. Pero igualmente parte de la juventud depende ideológicamente de sus padres, de una generación que pudo luchar por la revolución y ni siquiera consiguió una república burguesa… así se puede entender parte del pasotismo: “la política no sirve para nada”, o lo que es lo mismo: “no existe política obrera, o para los pobres”, etc. La juventud está despolitizada y, además, no nos engañemos, la mayoría de quienes opinan sobre política –sea lo que sea esto- no tiene claro unas cuantas certezas o evidencias, ni tampoco un objetivo claro.

Lo preocupante del consumismo no es el hecho de consumir, si no de la compulsión y estereotipación del mismo, especialmente esto último, aunque el motivo profundo es la necesidad de gastar un dinero que se tiene en el momento sin tener la seguridad de obtener el mismo en el futuro. Hablamos de que la forma de consumir, que además no es responsable por que se desconoce el proceso de producción, es ritualizada también viernes y sábados, que se preparan a veces durante toda la semana para tenerlo “todo a punto”: coche, bebida, ropa a la última moda, etc.

A mi modo de ver el consumismo se puede englobar –si hacemos por un momento caso omiso del aspecto económico, lucrativo del mismo- en un problema aún mayor. Hay algo que les aleja y nos aleja de la rebeldía (no sólo frente al sistema educativo). Es lo que se ha llamado “normalidad patológica” (W. Reich, Erich Froom, Hannah Arendt). Nadie quiere decir que ser “normal” no esté bien o, al menos, que cierta normalidad no sea positiva si con ello se están asegurando unos mínimos principios rectores, allí donde hagan falta, que son, si se me permite la expresión: “casi todos los lugares”.

La medida de la peligrosidad de esta normalidad patológica no es sólo que induce a la gente humilde y trabajadora a asegurarse un trabajo en malas condiciones, un matrimonio en la perspectiva de sacar adelante una nueva familia, con una vivienda “digna” –ni siquiera se sabe muy bien qué significa esto de vivienda digna-. Y mientras todo esto se consigue, esperando en ocasiones que llueva del cielo, este hombre patológicamente normal “se va de putas”, le importa tres cominos el respeto hacia una familia que al menos le acoge y le alimenta. Se aleja, en definitiva de los problemas sociales porque, en lo más inmediato, ha renunciado a la cordura y a la libertad. No reclama ni trabajo ni vivienda ni una vida verdaderamente digna y para todos, en la perspectiva de la superación del capitalismo: es en lo personal muy individualista y en lo político potencialmente gregario…

¿No son personas así caldo de cultivo del fascismo? Es evidente que la oligarquía, asustada por las fuerzas obreras y populares, en determinado momento consigue echarse a la calle, no sólo con el brazo estirado, se esté “más convencido o menos con el nuevo führer”, si no con un soporte de los que al principio se quedan en casa: “esos” consumidores irresponsables, toda la gente despolitizada, muchos resignados, e, incluso, lo que le parecerá más grave a un posible lector “de izquierdas”: posibles compañeros de lucha sin la suficiente audacia o valentía. Todo esto si partimos de que no haya algún atontado que piense realmente que el fascismo “no será tan violento” o “pasará enseguida de largo”.

Pensémoslo un momento en clave de conciencia: aquellos que quieran seguir con un nivel de vida lo más parecido al de antes (esto se escribe a mediados del 2013), es decir: consumir gasolina, pagarse unas lujosas vacaciones, “darse los mismos caprichitos de siempre” no moverán un dedo ni por la revolución ni contra el fascismo; con la esperanza última de volver a su antiguo modo de vida. Los que se resignen, porque “no ven de ningún modo el paso inexorable de la historia”, o dicho de otro modo, que no creen en aquello de “el pueblo  unido jamás será vencido”, etc., esta gente que ha perdido toda o casi toda esperanza en un cambio importante, se conformará con muy poco. Y, en fin, a los que les falte audacia o valentía para acompañarnos, a los revolucionarios, serán el foco de atención de los medios de propaganda y consenso, para que se pasen ¡decididamente! al otro bando. Siempre han existido medios de desinformación fascistas o fascistizados, pero es algo ya nauseabundo que se pueda criticar al PP a la derecha de este y nos quedemos tan tranquilos… (ejemplo: Intereconomía). Para los dudosos frente a sus televisiones, periódicos, etc. como para los que estamos hartos de sus mentiras: siempre habrá policía, securatas…

Desde el punto de vista de la juventud, pero sin confundir, que una cosa es la normalidad patológica, otra mantener cierta normalidad en la vida y, de distinto modo: destacar en algo, no ser “mediocre” (quizás quienes más derecho tienen a aspirar ser genios somos los jóvenes, en concreto, los adolescentes); la lucha se plantea en primer lugar porque no nos quiten de las calles, ni de los centros educativos o el puesto de trabajo, de incidir en política y en “la sociedad” antes de que se nos relegue todavía a un segundo o tercer lugar, del cual no hemos podido salir sino en contadas ocasiones a lo largo del siglo XX… y es curioso, porque la juventud no sólo florece en los poemas de Rubén Darío: todas las grandes luchas sociales devuelven el protagonismo a la juventud. Así el movimiento antifascista en nuestro país hizo despuntar a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que, por primera vez, tenían acceso a libros con que podían resolver muchas dudas sobre el crecimiento y desarrollo corporales y “espirituales”. Aunque cueste de aceptar, sigue sin haber mucha información útil al alcance, pese a bibliotecas e internet: cuesta mucho encontrar algo valioso, si en verdad no tienes un guía.

No es mi propósito divagar, pero el tema es tan amplio que debo hacer una pequeña mención: se dice que la juventud es orgullosa y no acepta consejos de los “mayores”. Quizás si los guías fueran eso: personas expertas en recorrer un camino, aunque a veces se alejen hacia el bosque para huir de la rutina…

No quisiera entrar en discusiones sobre qué diferencia hay entre simple dictadura (una dictadura burguesa, pero sin parlamento) y fascismo. Ni tampoco cual es el nivel de represión que puede tolerar un pueblo o cual es el nivel de movilización que puede tolerar la burguesía.

Simplemente subrayar el juego macabro que se produce entre personas “relativamente” normales –y siento ser tan impreciso, que cada cual entienda…- y el fascismo: el fascista, investido de noséqué fürher –previa adjudicación de jerarquías- se cree con la superioridad innata (y por lo tanto: suficiente) para guiar a su pueblo, que antes se resignaba a la apatía, que vivía “en la rutina” como nación ¿grande? a someter a todos aquellos que no se resignan a luchar por las verdaderas injusticias. Ahí está: ¡¿cómo se puede decir que esto es “normal”?! Si uno intenta hablar con un fascista, se dará cuenta que o bien es un ser tremendamente soberbio, sádico o inmoral; o bien, es alguien muy mediocre. Es el juego del gregarismo, que pocas veces se discute y se resuelve a tiros –entre ellos-: o bien eres un líder (también muy mediocre), o bien eres un soldadito mandado “que muere en el hielo rojo”. No hay ningún tipo de racionalidad en esto. Como no la hay en un individualismo imposible. Lo difícil es entender el triunfo momentáneo de esta mediocridad sin pretender ser “sofisticados”. En verdad esta mediocridad se disfraza de ideas y realizaciones estéticas sugerentes, se dota a la patria de un pasado glorioso enfrentada a mil batallas siempre victoriosas. Dependiendo de la situación es más fácil o más difícil que calen estas ideas entre la juventud. Y no debemos olvidar que, aunque mediocres, son terriblemente peligrosos: esa mediocridad les hace ser envidiosos, pero no de su líder, a quien se le protege, en este sentido con las mismas honras que a la patria, si no de la gente desarmada –literalmente- con quienes se pueden ofuscar y dar crédito de su sentimiento de inferioridad. Algo realmente enfermizo que Wilhelm Reich llamaría “peste emocional”. Si no amas a quien admiras, acabarás envidiando lo que amabas, rechazándolo y volcando ese odio sobre lo realmente admirable, véase: no sólo el movimiento comunista de los años veinte-treinta o el anarcosindicalismo o bien el expresionismo o el psicoanálisis o el jazz, sino aspectos destacados de personas concretas: en algunos su paciencia, en otros su amabilidad, etc.

En tanto jóvenes, y combativos, se nos impone la lucha antifascista a medio o corto plazo. Por convencer a nuestras filas más dudosas o indecisas, provocar nuevos bríos a aquellos que perdieron el ánimo y, en fin, no rendirse ante el consumismo…

Si no somos pacientes con la resignación nos darán palos, pero si nos dormimos en los laureles, los resignados entrarán en el juego –sin ellos quererlo- del silencio frente al fascismo.

Desde el consumismo no se criticará nada a fondo y se elogiará lo más trivial. Si no nuestras palabras, las adversidades les convencerán.